No sé muy bien por dónde empezar, porque
todo esto está en mi cabeza desde creo..., creo que desde que fui concebida.
Todo esto iba a ser así porque yo elegiría que lo fuese. En cierto modo, cada
uno decide su vida, y no sé aún así cómo soltar toda esta maraña de palabras
sinsentido.
Existen diversas
realidades, y la mía siempre será vivir en una puta nube, porque, de verdad,
que lo siento en el alma por aquellos que no saben vivir. Y puede parecer
relativo lo de que hay personas que sencillamente, “no saben vivir”, con lo que
quiero decir, aprovechar su tiempo de forma que apuren hasta la última calada
de esto que es la vida. Pero, la realidad, es que aunque sea subjetivo para
algunos, que eso suceda, hay gente que vive sin más.
Lo asombroso y que nos
resulta tan normal, es que nunca sabemos qué nos deparará mañana, ni el segundo
que va a venir justo ahora. Ahora. Ahora. O ahora. Y así... pero algunos sí
sabemos menear las caderas para que ocurran cosas fascinantes que a la mañana
siguiente nos hagan sonreír.
Sinceramente, siento que
mi vida es la puta hostia, y me siento por instantes tan alucinada que mi
diccionario no sirve para definir una sensación, un sentimiento o un crujido de
huesos que me haga sentirme así de viva. Pero de repente hay días en los que
quisiera no existir, por el simple hecho de sentirme tan pequeña, tan
insignificante entre todo este tumulto de semáforos en ámbar y en rojo.
La cabeza de repente se me
nubla y pienso en lo puta que es la vida tantas veces. En por qué nos pasan porque
sí cosas que nos hacen padecer. Y por eso hay otros instantes en los que me
siento más puta que la vida y más lista que el hambre.
Lo inaudito de esas
sensaciones e impulsos que me llenan los pulmones de jodidas carcajadas son las
reacciones que me provocan; las dementes actitudes que pueden crear heridas en
cualquiera, como con una jodida mirada que derrita el invierno. Y luego viene el después.
El después es una
sensación que definiría como orgásmica. Porque es totalmente efímera. Sólo deja
una bella sonrisa y sudor en la nuca. Por eso pienso que se parece a un
orgasmo; el después es amargo en la boca de cualquiera, porque después de subir
a tres mil millas de altura, suelo desplomarme en cualquier suelo de patio y me
encojo como un bicho bola. Aquellos grises...
Es un ciclo. Un cojonudo
ciclo lleno de baches de alegría, violencia, ira, pasión. Y cuando estoy en la
cima del bache juro que es como meterse una raya. Lo malo de esa raya es que el
suelo está más cerca que cualquier preso de los barrotes de su celda. Y la
hostia duele. Mucho. Pero por otro lado esas hostias me dan la vida, la madurez
y me favorecen porque no estoy tan pálida.
A pesar de todo ese tipo
de lamentaciones acerca de la crueldad que una situación pueda contener,
siempre pensé que en ellas es donde están las trazas de vida, y para contagi.arte
tienes siempre que ganar la batalla con heridas, y después dejarlas abiertas
para que se infecten y duelan más. Porque el dolor también es efímero y
recuerdas que algo malo estuvo removiéndose por tus venas galopando como el
mismísimo pulso. Y entonces es cuando has crecido un centímetro más, porque si
tropiezas, aunque sea un tropiezo quizá parecido a algún otro que hayas tenido,
la caída y la piedra jamás serán las mismas.
Así que, supondré que
siempre me gustaron los parques que tienen tobogán y columpios; me gusta jugar
con fuego y me encanta quemarme y lamerme o que me laman las heridas abiertas.
Porque meter el dedo en la llaga es otra forma de cerrarlas.
Por eso y no por el hielo,
sólo yo decido quién se fuma mis ojos verdes.
